El arte no tiene ningún valor universal. Para el frío cosmos, la pintura o el cine son un cero absoluto si se elimina la óptica humana. Todo su significado existe exclusivamente en nuestra percepción. Y, sin embargo, la capacidad del arte de profundizar la vida, de dar una experiencia trascendente y de atravesar la rutina lo hace verdaderamente importante. Importante solo para nosotros, para los seres humanos.

Tarde o temprano desaparecerá todo: nosotros, nuestra civilización y el propio Universo. La fugacidad de la forma la muestran de manera elocuente tanto los monjes tibetanos, que pasan meses creando complejos mandalas de polvo de colores para luego convertirlos de un golpe en un montón de arena, como la tradición taoísta de pintar con agua sobre piedra: la imagen existe solo mientras la superficie no se seca, después de lo cual desaparece sin dejar rastro.

Todo nace de la vacuidad y se disuelve en ella sin dejar huella, exactamente igual que el ser humano aparece en el mundo y un día se marcha. Lo mismo ocurre con nuestro Universo: una vez surgido, no permanecerá en su forma actual para siempre.

Pero el valor de la creación no reside solo en el objeto terminado, sino también en el proceso mismo. Esto se ve con especial claridad en la pintura de acción, como en Pollock. Allí el lienzo deja de ser simplemente una mercancía o una imagen plana: se convierte en un campo de enfrentamiento físico, en la huella material de un instante vivido. El control consciente se desconecta. El ritmo, el trazo del brazo y la respiración se vuelven más importantes que el pensamiento. Se produce una pérdida de la sensación del tiempo: desaparecen el pasado y el futuro, queda solo este momento y la sensación de flujo. Ya no piensas tanto en lo que haces como te encuentras dentro de la propia acción.

La diferencia está solo en el final: el tibetano barre la arena, el taoísta espera a que se seque el agua y Pollock deja una telaraña congelada de pintura. Pero en el momento de la creación todos hacen exactamente lo mismo: viven el instante con tanta intensidad que la duración de la forma deja de tener la menor importancia.

Precisamente esto es lo que me ocupa en el trabajo con el paisaje urbano. Todo a nuestro alrededor cambia constantemente, y nuestra percepción cambia con él. Las casas parecen permanecer años, pero la lluvia, la nieve, la niebla o una luz intensa pueden en segundos convertir una calle familiar en un lugar completamente distinto. La ciudad no es un decorado inmóvil. Vive en el momento. Y mis cuadros intentan atrapar precisamente esa intangibilidad: a través de pinceladas dinámicas, contrastes y formas quebradas transmitir la sensación de un instante que ya empieza a desaparecer. 

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Billete al caos 
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Ciudades del mundo después del atardecer