Ahora me tocaba conocer a los amigos de mi amigo. Entre los ucranianos habituales destacaba un bielorruso apodado Antib. Se había cansado de vivir en la lluviosa Bielorrusia y decidió mudarse al soleado sur de Francia. Pero ¿cómo hacerlo? Normalmente en Francia es complicado obtener el estatus de refugiado si no eres de antiguas colonias francesas. Así que Antib montó ante los franceses todo un drama digno de un Oscar: era un pobre transgénero al que humillaba el régimen de Lukashenko. Para salvarse, había huido a Francia, donde siempre defienden los derechos humanos. Según él, para darle más dramatismo se podía añadir locura: babear, mearse encima, fingir epilepsia retorciéndose como una víctima torturada del régimen.
¿Y qué hizo mi nuevo conocido una vez instalado en Francia? ¿Trabajar? ¿Aprender francés? Pues claro que no.
Antib me habló de un mundo nuevo y hasta entonces desconocido: el de los okupas profesionales y los squatters. Ser okupa no consiste simplemente en ocupar una casa ajena.
Es el arte de vivir fuera de las reglas, elevar la falta de hogar a profesión y la supervivencia a ideología. No pide. Entra, sonríe, y tu casa se convierte en su refugio. Tú, simplemente, te conviertes en un invitado en tu propia sombra.
Antib declaró que no iría a clases de francés, porque allí suele haber más árabes y, según él, no era cosa de señores codearse con ellos. Trabajar tampoco lo haría: cualquier cosa se puede encontrar en la basura. Pero lo que más me impresionó fue su historia con la vivienda. Simplemente se instaló en una villa ajena y se paseaba por ella como si fuera su propio palacio. Vivió allí hasta que llegaron los dueños. ¿Lo echaron? No, querían dejarlo como vigilante. Y Antib, que no era tonto, les hizo una propuesta que, según él, era imposible rechazar: que los franceses le pagaran por vivir a lo grande en su casa. Qué crack. Naturalmente, después de eso lo echaron a patadas en un segundo.
Las leyes modernas no dejan de sorprender: vive un par de días en un piso ajeno y ya puedes quedarte. La policía no te hará nada, pero a los dueños les irá mal si a ti te pasa algo. ¡Vaya problemas les esperan! En California los robos de menos de mil dólares son una tontería de la que la policía ni se ocupa. Imagina: sacas smartphones, mercancía de las tiendas… todo tuyo. En Francia el asunto se complica por la presión sobre la policía y los intentos de controlarla. Aunque no se puede decir que se muera de ganas de entrar en acción: basta recordar la historia de mi conocido, cuando la policía se partió de risa, o los barrios donde ni se atreve a entrar. A veces pasan como invitados no deseados, apagan las sirenas y pisan el acelerador para cruzar a toda prisa el barrio incómodo. Y a veces, como en los suburbios de París, los emigrantes locales los agarran por el pescuezo y los echan como gatitos meados. En Alemania los islamistas organizaron una sangrienta competición: quién destruía a los alemanes de forma más creativa, ya fuera con una masacre en la pista de baile, con explosiones o atropellándolos como bolos de bolera. Esa carnicería todavía no ha declarado a su ganador. La misma atmósfera, impregnada de los recientes disturbios, flotaba en Niza, y hacia allí, como si nada, me invitaba a ir mi nuevo amigo.